RUEDA DE LA MALA SUERTE | Relato #4

    Los hechos de este relato ocurren tiempo después del relato #3 y antes del relato #1

    El fresco aire de la noche había sido el encargado de secar las lágrimas en la mejilla de la rubia. Había algo en la idea de estar en lo alto de todo que le causaba cierta tranquilidad, no era una paz definitiva, sino más bien, una silenciosa y fría calma que apaciguaba la ansiedad de la tristeza. Su llanto era taciturno, sin sollozos ni otros sonidos, sin respiraciones aceleradas ni movimientos que delataran que su corazón estuviera sufriendo.

    Miles de sensaciones la abrumaron al estar de vuelta en aquella rueda, la cual había sido protagonista de uno de los momentos más felices de su vida. Sin embargo, esta vez, el lugar a su lado se encontraba vacío. Esta vez no había carcajadas que le dieran vida a la noche, nadie la molestaba por su miedo a las alturas, faltaba ese calor humano que era capaz de hacerla sentir en su hogar, cualquiera fuese el lugar en el que se encontraran.

     Apartó la mirada de la ciudad y observó el objeto en su regazo. Era su cuaderno de historias, él solía molestarla por llevarlo a todos lados, aunque más de una vez le había recordado que se lo estaba olvidando. Él sabía lo importante que era para ella y lo que significaba. En aquel cuaderno, escribía sus canciones, ideas para relatos, personajes, todo lo que necesitara expresar. Era incluso más íntimo que un diario. Ahora se encontraba escribiendo una carta. Aún no sabía si la enviaría, no estaba segura de si era para él o más para ella misma, como una forma de despedirse, de cerrar las cosas. Ni siquiera estaba segura de querer o poder cerrar ese capítulo de su vida, ¿cómo se suponía que lo hiciera?

 “La cruda realidad es que no sé cómo debería sentirme y eso está volviéndome loca…”, empezó escribiendo, sólo dejándose llevar por su corazón, “Todo el mundo diciéndome que no vale la pena, que me merezco algo mejor, que soy fuerte y puedo superarlo. A veces me pregunto si alguna vez vivieron un amor tan intenso como el nuestro, porque de otro modo, no entiendo por qué debería serme fácil.

    Estos últimos días han sido una completa montaña rusa para mí. Por momentos estoy en lo más alto, sintiéndome fuerte, capaz de superar cualquier cosa y pensando que es cuestión de tiempo para volver a sentirme completa. Y entonces, ocurre una repentina bajada, en la que ese vacío que dejaste en mí se siente completamente insuperable, pesa y es difícil de sobrellevar; es cuando pienso que jamás voy a volver a cerrarlo y mi corazón tendrá que existir con aquel espacio vacío por el resto de mi vida. Y después, la subida, en la que empiezo a pensar en todo lo que me hizo daño, en todo lo que me molesta e incluso, busco razones para enojarme aún más y que sea más fácil poder dejarte ir. Y vuelta a empezar.

    Siempre le tuve miedo a la oscuridad, pero ahora que no estás, la noche es casi asfixiante. Se siente como un monstruo que espera a que cierre los ojos para llenar mi cabeza de recuerdos que duelen y pensamientos que hieren. Pero la nostalgia… Esa es mi peor y más cruel enemiga. Puedo lidiar con odiarte, puedo lidiar con seguir amándote, pero no puedo lidiar con extrañarte. Es ese sentimiento que imagino como un maldito hilo que me sigue conectando a ti, que sigue empujándome hacia donde estás y que me tortura para que vaya a buscarte.

    Y ahí estoy yo, haciendo malabares para que mi corazón entienda por qué no puedo ir hacia donde estés, por qué no puedo interferir en tu vida, por qué tengo que dejarte ir. Pero él no entiende y a mí se me están acabando las excusas.

    Ahora me encuentro en la misma rueda de la fortuna que tú y yo conocemos tan bien. Si te lo pones a pensar, es la perfecta metáfora de la vida. A veces estás en la cima y todo está a tu favor, pero como todo lo que sube, tiene que bajar, también nos toca lidiar con estar en lo más bajo. A veces, la suerte acaba, la buena fortuna se termina y sólo tienes que esperar a que sea tu turno de volver a subir. Cuando vinimos, estábamos en la cima y el descenso fue duro. Nos chocamos con una realidad que nos destrozó a ambos y nos dejó sin ganas de volver a subir al juego. Creo que la pregunta es ¿volveríamos a hacer la fila para intentar llegar a lo alto una vez más? ¿O, tal y como el juego, es inevitable volver a caer? Lamento decirte, que hasta el día de la fecha…”.

    Kim se detuvo. No pudo terminar de escribir que no tenía respuesta para aquella pregunta porque el renglón había terminado y ya no quedaban más hojas. Parpadeó unos segundos, volviendo la vista a la ciudad que se perdía en la opacidad de la noche. El viento, ahora más fuerte, revolvía su suelto cabello rubio. Y entonces, lo comprendió. Ella se había visto obligada a abandonar la carta por motivos que estaban fuera de ella, que no había previsto, pero que, al menos de momento, no tenían solución. Así tal como ahora, se veía obligada a renunciar a un amor que tan plena la hacía sentir por razones que escapaban a su control. Su historia quedaría así, a mitad de una frase, hasta que alguno de los dos encontrara la forma de ponerle punto y aparte o punto final. 




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