RUEDA DE LA FORTUNA | Relato #3

    Los hechos de este relato ocurrieron mucho tiempo antes de lo narrado en el relato nº 1

    La rubia sabía que en ocasiones podía ser algo complicada. En su espalda, cargaba todas las decepciones que había sufrido a lo largo de su vida. Si bien no habían sido muchas, cada una le había dolido con la intensidad de miles de ellas. Y la había marcado de alguna manera diferente. Por ese motivo, la inseguridad, la confianza y su autoestima eran problemas que se presentaban en cada nueva relación. Requería todo de su parte dejar los malos pensamientos, las malas experiencias y mirar cada día como uno nuevo, sin prejuicios, sin suposiciones y animarse a vivir sin miedos.

    La chica desvió su mirada del libro que estaba leyendo y observó el perfil del muchacho que se encontraba a su lado jugando con el celular. Kim pensó que era casi inverosímil que existiera un rostro más perfecto, sus arqueadas pestañas caían sobre aquellos farolitos verdes que se iluminaban ante cada meme que veían y, al mismo tiempo, sus labios se extendían en una sonrisa que con sólo verla se le aceleraba el corazón. A Kim, su novio le parecía todo un espectáculo incluso haciendo lo más cotidiano del mundo. Mirarlo cuando se encontraba desprevenido era uno de sus pasatiempos preferidos.

    Alejó todos esos pensamientos, volviendo a su libro. Tim le había demostrado que no tenía razón para temer, que por fin podía dejar todos los fantasmas de su pasado atrás y disfrutarlo. Ser feliz. Reír a su lado. Amar con cada célula de su cuerpo y sentirse igual de amada. ¿Cuándo había sido la última vez que se había sentido igual de correspondida? La muchacha reprimió una sonrisa, mordiendo su labio inferior. Sentía que tenía que sorprenderlo. Agradecerle, por tanto. Y ya sabía cómo. Hacía unos días atrás había hablado con un amigo suyo, dueño de un parque de diversiones fuera de la ciudad y le había pedido una copia de las llaves tan sólo una noche. Así es, su plan era trasnocharse con su chico en un par de diversiones y, conociéndolo al castaño, sabía que iba a fascinarle la idea. ¿Qué mejor que esa noche para hacerlo, entonces?

—Eu —llamó la atención del chico y este de inmediato dirigió su mirada a ella—. Tengo una sorpresita para hoy —no importaba lo espontáneo de la situación, incluso era mejor así—. ¿Venís?

—Yo con vos, voy hasta el mismo infierno —respondió él de inmediato, antes de enlazar sus dedos con los de ella.

—Me gusta escuchar eso —respondió, en lo que una inmensa sonrisa iluminaba su rostro. A continuación, depositó un beso en su mejilla y salió de la cama para comenzar a prepararse, señalándole a él que debía hacer lo mismo.

    En un abrir y cerrar de ojos, ambos estuvieron vestidos y listos para una nueva aventura. Kim tomó abrigos para ambos, pues a Tim siempre se le olvidaba y no quería que ninguno terminara enfermo. Era una noche fresca de otoño. Una vez afuera del departamento que compartían, la rubia le extendió la mano con una expresión divertida—: Vas a tener que dejarme manejar, bebé.

    El aludido elevó sus cejas son sorpresa, girando su rostro hacia ella, en lo que terminaba de cerrar la puerta. Kim pudo ver como pasaban cientos de pensamientos por su cabeza, meditando si aceptar o no la proposición de su novia. Sabía que su auto era su posesión más preciada, ella sospechaba que se casaría con él si eso fuera legalmente posible. Finalmente, el de cabello rizado se rindió, suspirando, y dejó las llaves en la palma de la chica.

—Es mi bebé —le remarcó Tim, sin perder oportunidad, haciéndole saber lo malo que podría llegar a ser si algo le pasaba. Kim solo soltó una carcajada, negando con su cabeza, en lo que le entregaba su abrigo y se colocaba el suyo propio. Nunca entendió por qué le tenía tan poca fe, ¿cuándo había demostrado ser mala conductora?

—¡Yo soy tu bebé! —respondió ella antes de enseñarle la lengua. Una vez ambos adentro del auto, notó que su novio seguía algo nervioso. Estaba tieso y algo pálido, además de que no dejaba de dedicarle miradas fugaces para controlar cada movimiento que ella hacía—. ¡Relajate! Ya lo conduje una vez, ¿te acordás?

—Ajá, sí. —dicho esto, se colocó el cinturón de seguridad y entrelazó sus dedos sobre su regazo con inquietud—. ¿Dónde vamos a morir? Digo, ¿a dónde estamos yendo?

    La rubia le pegó cariñosamente en la pierna antes de comenzar a conducir.

—¡Es una sorpresa! Vos siempre me sorprendés a mí, es mi turno. Y si no te gusta, te jodés. Te obligo a que te diviertas.

—Bueno, bueno —murmuró él, claramente divertido. Notó que empezaba a relajarse, incluso a emocionarse por lo que su novia le tenía preparado. El chico se apresuró a tomar su mano y dejarle un dulce beso, Kim se sorprendió de poder sentir tantas sensaciones con apenas ese simple roce con sus labios—. Gracias... me hacés sentir especial.

—¿Por qué especial?

—Porque sos la persona en la que pienso siempre y que me mimes así me hace sentir muy afortunado.

—Siempre voy a querer mimarte. Tenés razón en que me esfuerzo demasiado en ser la novia perfecta —la chica hizo una mueca, algo avergonzada—. Pasa que tengo miedo de perderte. —admitió, encogiéndose ligeramente de hombros y dedicándole una mirada fugaz—. Además, me hace feliz hacerte feliz.

—¿Cómo voy a querer irme? Si te veo y me muero de ternura... —susurró el castaño, sin dejar de mirarla con esos ojos que les causaban paros cardíacos a las mariposas de su estómago, sonriéndole de lado.

—Obvio que voy a hacer eso, cada día hasta que la vida nos separe. Pero puedo darte mimos extras.

    La chica estaba radiante a causa de las palabras de su novio, sus ojos brillaban por la ternura que le había causado, casi se había derretido por él. Finalmente, entre charla y chiste, dobló por la calle que entraba al inmenso parque de diversiones que se encontraba alejado de la ciudad. La rubia estacionó en frente, se quitó el cinturón de seguridad y salió del auto—: Dale, no te atrases, nene.

—¿Cómo se te ocurrió? —preguntó él, siguiéndole el paso. Tim miraba con sorpresa y atención el lugar al que habían llegado—. Me encantan los parques de diversiones —mencionó, sonriendo divertido.

—Tengo un amigo que es el dueño —explicó ella, apuntando hacia el parque—. Le dije que si podía darme las llaves y dejarme estar con vos. Al principio no quiso saber nada, tuve que insistir mucho, pero al final lo convencí. —llegó hasta el portón y sacó las llaves para abrirlo. Una vez dentro, se dirigió a la caja de los interruptores y encendió las luces del lugar—. Así que tenemos todo el parque para nosotros dos solos, ¿qué decís? —le extendió su mano, con una enorme sonrisa plasmada en su rostro.

    Las luces iluminaron el semblante de Tim y la rubia pudo ver lo emocionado que estaba ante la idea. El lugar parecía mágico, como salido de un moderno cuento de hadas en el que el mundo real había dejado de existir. Solo estaban ellos dos y la libertad para hacer lo que les plazca.

—Te tengo loca y se nota —el muchacho se acercó a ella y aceptó su mano con esa expresión altanera tan típica de Tim, parecía un niño mimado al que acababan de cumplirle el mayor de sus caprichos.

—Sabés que sí, no presumas. —lo regañó su novia ante de tomar su rostro entre sus manos y atraerlo para depositarle un beso largo y profundo—. Me hacés muy feliz. Dale, ¡carrerita hasta la Rueda de la Fortuna! —Kim supo que lo tomó desprevenido y ni tiempo le dio a que respondiera, pues salió corriendo inmediatamente después de haber dicho aquello.

—¡¿Y si te gano qué me das?! —le gritó él, a pesar de saber que era tarde.

    Escuchó cómo lanzaba una carcajada antes de salir corriendo atrás de ella e incluso no le costó en absoluto alcanzarla—. ¡No puedo, amor, esperame! —Kim se giró a verlo y ahí supo que era una cruel broma del chico, porque fue entonces cuando se apresuró y llegó antes que la rubia, tomando asiento en el juego rápidamente.

    Kim llegó toda agitada y transpirada, casi que no podía respirar entre tantas risas. Incluso intentó fingir que estaba enojada, pero le estaba resultando imposible—: ¡Sos el peor! ¿Sabías? ¡Y el más tramposo! —la rubia le enseñó el dedo del medio antes de dirigirse a los controles del juego, encenderlo y apresurarse a sentarse al lado del chico—. Espero que no le tengas miedo a las alturas, ¿eh?

—¿Discúlpame? No me dicen Kim —la molestó el castaño, riendo, al tiempo que le daba un pequeño codazo—. A decir verdad, nunca supe eso. ¿Te dan miedo las alturas? —Tim movió su rostro para poder verla mejor—. ¿Te diste cuenta que no sé esas cosas tan básicas? ¿Cómo es que no las sé?

—¿Por qué ninguno las sabe? Eso por ocuparnos de otras cosas —susurró con diversión, mientras desviaba su mirada.

—Eso definitivamente era más importante.

    Kim no pudo evitar reír a carcajadas en lo que enlazaba una vez más sus dedos con los del castaño.

—Me dan mucha impresión, no es fobia, pero si miro mucho tiempo hacia  abajo sí me da cosita.

—En otras palabras, le tenés miedo. —la corrigió, riéndose—. ¿Por qué subimos si te da miedo? —acto seguido, comenzó a mover el asiento a propósito, haciendo que este tambaleara.

—¡No, no, tarado! —con una expresión de pánico, se aferró con todas sus fuerzas al asiento y le dedicó una mirada severa—. Es que nunca había subido a una y quería ver cómo era. Además, hay algo lindo en la idea de estar en lo alto de todo solo con vos. ¡Pero no te muevas así! —le recriminó ella, empujándolo levemente con su hombro.

—Con vos todo es especial. Esto es casi tan hermoso como vos. —soltó Tim, una vez que dejó de hacerla entrar en pánico. Entonces, dirigió su mirada a la impresionante vista que tenían en frente. No sólo veían todo el parque, con aquellas luces de todos los colores, sino que se divisaba toda la ciudad como pequeños puntitos en la oscuridad hasta fundirse con las estrellas.

    Kim soltó todo el aire contenido y dejó descansar su cabeza en el hombro de Tim. Con él a su lado, a esas alturas, parecía que el tiempo estaba completamente detenido. No importaba la hora, lo que pasaría después, lo que pasó antes, ni el día después, ni las responsabilidades, nada. Sólo estaban ellos dos. Ese pequeño asiento tambaleante, el delicioso aroma de Tim, las suaves caricias a sus dedos, el manto de estrellas que los envolvía y sus respiraciones sincronizadas: a eso se reducía su mundo en ese momento. Kim deseó con todas sus fuerzas que aquel momento durara toda la eternidad.




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