El comienzo | Relato #1

    La rubia salió de la sala del cine, entre carcajadas. La gente a su alrededor la miraba raro al pasar, tan solo veían a una joven tirándole palomitas de maíz a un musculoso de casi dos metros, quien apena hacía un esfuerzo para esquivar lo que ella le lanzaba.

Pará, enferma, ¿no ves que molestás a la gente?

Depende. ¿Me vas a dejar de decir gorda por comer lo mismo que vos?

Mm, ¿vas a dejar de serlo?

    En cuanto escuchó aquella respuesta, la rubia volvió a contratacar con las municiones pochocleras, causando una nueva lluvia de carcajadas en él.

Basta, estúpida, un montón de nenes sin comer y vos tirando la comida, qué desagradecida. –exclamó, esquivando el último pochoclo antes de quitarle el pote para ponerse a comer el resto de lo que quedaba.

    La joven rodó sus ojos casi sin poder evitarlo y enlazó uno de sus brazos al que él tenía flexionado sosteniendo el balde con motivo de los Avengers que tanto había insistido el moreno en comprar. Gian y Kim se encontraban saliendo de ver la última película que les quedaba en su larga lista. El cine de su ciudad había propuesto un reto para aquellos amantes del cine de terror, el cual consistía en transmitir algún clásico del género todas las noches del mes de octubre y para quienes lograran asistir a todas las funciones, habría un premio que aún estaba por anunciarse.

    La joven se había enterado del reto por internet y su amigo había sido en la primera persona en que había pensado. Este, por supuesto, fanático del terror, había aceptado de inmediato, entre cientos de burlas sobre la facilidad de Kim para asustarse con escenas que a él lo mataban de risa. Así fue como todas las noches del último mes, se habían esperado hasta que el otro llegara en la puerta del cine y entraban juntos a ver la película de turno. Aquella noche tocaba la última película. El ambiente entre ambos estaba algo teñido por la tristeza de terminar una actividad que los había unido más que nunca, aunque eso nunca hubiera sido un problema. La conexión entre ellos era innegable, por eso siempre habían funcionado tan bien, hicieran lo que hicieran.

    Sin embargo, el hecho de que el reto terminara no era la única razón de que las cosas estuvieran algo apagadas. El de cabello rizado había decidido días atrás tomarse un tiempo para alejarse de las cosas, por lo que saldría de la ciudad por tiempo indeterminado. Ni siquiera le había informado a la rubia por dónde andaría, tan sólo le había expresado su necesidad de respirar otros aires, además de lo colapsado que se sentía por muchas situaciones que lo estaban abrumando últimamente. A Kim le había caído como un baldazo de agua fría la noticia, definitivamente, no estaba lista para alejarse de la persona más importante de su vida en aquel momento y sentiría su ausencia como si algo le faltara todos los días.

    A pesar de ello, no le quedó más remedio que guardarse todos esos sentimientos, expresarle su apoyo e intentar mantenerle los ánimos arriba. Ella sabía perfectamente que la conocía más que bien. “Maricona”, le decía cada vez que le decía lo mucho que lo iba a extrañar y aquello terminaba en otra de sus típicaspeleas de amor-odio.

¿De verdad es nuestra última noche juntos? –preguntó ella, luego de una intensa y acalorada discusión sobre qué pochoclos eran los mejores, dulces o salados. Se encontraban a media cuadra del cine, caminando despacio, casi como si quisieran extender el tiempo juntos lo máximo posible.

Sí, qué se yo. –respondió él, encogiéndose de hombros, antes de volver a meter un puñado de palomitas a su boca. La mano de la rubia, aferrada a su chaqueta de cuero, se apretó ligeramente ante sus palabras. Su mirada fija en su inexpresivo perfil, aquel rostro impasible que siempre ocultaba con éxito lo que sentía. Vos no te das cuenta, pero estoy hecho mierda, Kim.

    A la joven se le estrujó el corazón. Sabía algunas de las situaciones que lo habían llevado a sentirse así, pero una parte de ella intuía que había más que él no le estaba diciendo. Tampoco quería presionarlo, agradecía cada vez que se abría con ella, pero sabía que estas ocasiones eran escasas y lo respetaba.

Lo entiendo, cariño. Está bien, es lo mejor… ella asintió lentamente con su cabeza.

Hey, ánimos, enana. –se apresuró a agregar el moreno, codeándola en su costilla. Prometo estar siempre que me necesites.

    La chica no respondió de inmediato. En una milésima de segundo, miles de pensamientos llenaron su mente. Empezaba a ser verdaderamente consciente de lo que significaba que él se fuera, no tenerlo más en su vida. Adiós aquellas peleas tan típicas que siempre le sacaban una sonrisa, adiós a las carcajadas interminables, a su apoyo incondicional, a la persona en la que pensaba todos los días y por la que se motivaba. “Nunca más vas a tener la posibilidad de decírselo”, pensó, “nunca vas a saber si alguna vez sintió lo mismo que vos”.

    Entonces, su corazón comenzó a latir con tanta fuerza que casi podía escuchar la sangre bombear a su cerebro. Su respiración comenzó a agitarse, su pecho subía y bajaba. De pronto y sin avisar, se detuvo en medio de la cuadra, obligándole a detenerse también. El chico le dedicó una mirada cargada de extrañeza, no obstante, no alcanzó a preguntarle nada que ella había retomado la palabra:

Gian, nunca formé una conexión tan rápido y tan fuerte con alguien. Desde que nos conocimos que no pudimos dejar de estar en la vida del otro. Cuando te digo que voy a extrañarte muchísimo no lo digo por decir. Sos quien siempre espantó las nubes negras que me rodeaban, ni siquiera tenía que decirte que estaba triste para que me levantaras el ánimo con tus chistes y peleas. Cada vez que sabía que estaba con vos, sentía que todo lo malo desaparecía y sólo éramos vos y yo. Siempre fuiste mi refugio y siempre vas a serlo –Kim pronunciaba las palabras con una rapidez que temía que el moreno no entendiera, pero una vez que había empezado, no se creía capaz de detener. Sus ojos estaban puestos en los suyos, irradiando una intensidad que pocas veces había visto presente en ellos. La expresión de Gian, por el contrario, apenas si reflejaba la incredulidad que estaba sintiendo en aquellos momentos. No quería interrumpirla, sabía que aún tenía más por decir. Escucha, sé que puedo ser un poco insoportable, intensa, terca y mil millones de cosas más, pero a pesar de todo eso, te mantuviste a mi lado y siempre supiste cómo hacerme sentir bien. Sos mi roca, si confío en que puedo salir de cualquier cosa es porque sé que te tengo a vos.

>> Gian, te amo. –soltó ella, de repente, en medio de su discurso, dando un paso hacia adelante. No quiero hacer un drama sobre esto, pero me gustás. Siempre lo hiciste. Yo sé, yo sé que ahora es complicado, creo que la única razón por la que te lo confieso es que sé que vas a irte. No estoy esperando que me digas que sentís lo mismo, tranquilo. No sé en qué momento empezó, sólo se que cada vez que me hacías reír se sentía más y más fuerte, que las veces que te pusiste tierno conmigo eran tan especiales para mí… Podés ignorar esto, hagamos de cuenta que nunca lo dije si te pone incómodo, quiero que nuestra amistad siga como siempre es solo que –Kim se detuvo por unos segundos, intentando encontrar las palabras adecuadas, sus ojos se encontraban cargados de lágrimas que esperaba no soltar, pero fue inevitable. Es solo que duele demasiado el quizá no poder decírtelo nunca.

    Contrario a lo que esperaba la rubia, la reacción de Gian fue inmediata. Eliminó cualquier distancia entre ellos, tomando su rostro entre sus manos con una delicadeza que la tomó absolutamente por sorpresa. Limpió sus lágrimas con suavidad, en tanto esos ojos, oscuros y hermosos, se enfocaban en sus pupilas color miel.

¿Sabés? De todo lo que acabas de decir, lo único que me pediste que ignore es lo que más quería escuchar. –en aquel momento, los ojos de la muchacha se abrieron de par en par, con su corazón latiendo tan fuerte que era increíble poder escucharlo a él. Yo sí se cuándo, yo sí se cómo y siempre lo reprimí porque prefiero mil veces eso y ser tu amigo a arriesgarme y perder. Pienso que me va a hacer mejor tenerte de amiga que intentar algo y salir perdiendo, perdiéndote a vos. Dicho esto, dejó un beso en la frente de la chica, en tanto ella cerraba sus ojos, liberando así más lágrimas por su rostro. Te amo, Kim. Me llevo un montón de buenos recuerdos. Siempre tan atenta, divertida y única vos.

    En cuanto Gian hizo el amague de soltarla, ella usó ambas manos para agarrarlo de los brazos, frenándolo de alejarse.

¡No, espera! Estoy sintiendo miles de cosas con lo que acabás de decirme. Pensé que me veías como una hermana… Y resulta que todo este tiempo estábamos sintiendo lo mismo.

Kim, solo va a funcionar un tiempo y se va a desmoronar. Y me haría mierda tener que despedirme así de vos, tal vez con un para siempre. Ni siquiera tengo fuerzas para despedirme ahora… su mirada reflejaba con claridad la angustia que en aquel momento se había apoderado de su pecho. Se encontraba entre la espada y la pared, no sentía que su cabeza ni su corazón estuvieran aptos para tomar una decisión.

Mira, Gian, vos hacé lo que sientas que te haga bien. No quiero ser un obstáculo en eso, pero no veo por qué saldría mal.

Quizá si me voy, conozcas a alguien que pueda darte todo. Tal vez siempre estuvimos destinados a querer que pase, pero no.

No, perdón, pero me niego a creer eso. –En aquel momento, dio otro paso al frente, ahora fue su turno de colocar sus manos en sus mejillas, casi haciendo puntillas de pie. Algo tan fuerte como lo que siento por vos no puede estar destinado a no pasar. Yo no quiero estar con nadie, ni voy a hacerlo. No voy a sacarte de mi cabeza de un día para el otro y menos después de escuchar lo que siempre quise que me dijeras.

Me da tanto miedo perderte… susurró él, bajando su rostro hasta que sus frentes se encontraron. O que no sea lo mismo entre nosotros.

Si te vas y cuando regresás, no te pasa nada conmigo, prometo seguir siendo tu amiga como si nada. Pero si volvés y todavía seguís sintiendo cosas por mi, yo me la juego por vos.

    Gian no pudo evitar esbozar una leve sonrisa ante aquellas palabras. Su enana siempre sabía cómo retrucarle cualquier cosa que él dijera y sabía que cuando se lo ponía algo en la cabeza, no era fácil de convencer. En respuesta a sus palabras, tan solo la atrajo hacia él, rodeándola con sus brazos y apoyando su mejilla en su coronilla. Aquel aroma tan característico de ella inundó su sistema y cerró los ojos, casi por inercia, para poder disfrutar mejor de su cercanía. En el fondo de su corazón, comenzaba a ser consciente de que no podría irse. No ahora, al menos, que aquello que tantas veces había dolido por creerlo imposible, tenía la oportunidad de vivirlo.

    Ella, por su parte, estaba deseando fundirse contra su cuerpo. Aferrarse a él con todas sus fuerzas, para no tener que sufrir jamás el dolor de perderlo, de tener que renunciar a él. Esperaba que sus palabras lo hicieran recapacitar, Kim no dudaba de que podían hacerse más que felices el uno al otro. Solo tenían que dejarse llevar por lo que sentían. Y ella sentía tanto, tanto por él, que apenas si empezaba a entenderlo.

    Y así se quedaron por un buen rato. A la mitad de la acera de una calle, a medio metro de un cine, con cientos de personas esquivándoles y pasándole alrededor. Los autos, con sus escandalosos motores, musicalizando la noche, en tanto la tenue luz de las estrellas los iluminaba. Incluso parecía que la luna, diosa de los amantes prohibidos en algunas religiones, les dedicaba su luz exclusivamente a ellos, casi como si quisiera protegerlos. Quizá por eso ninguno de los dos estaba siendo consciente del resto del mundo continuando a su alrededor, mientras, por primera vez desde que se conocían, se estaban permitiendo dejarse llevar por aquel amor tan intenso que habitaba en ambos corazones, uniéndolos así como siempre habían estado unidos. Destinados a encontrarse.




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